viernes, 18 de enero de 2013

Citas: Juliet


-Hay ciertas cosas que una princesa debe hacer sola -me susurró-. ¿Recuerdas lo que te dije? Algún día encontrarás tu reino.
-Eso era sólo un cuento. La vida no es así.
-Todo lo que contamos son cuentos, pero nada de lo que contamos es sólo un cuento.

-El mundo está lleno de paradojas -dijo una voz a mi espalda.
-La magnamidad es la mayor de las virtudes -prosiguió Eva Maria, probando el vino y juzgándolo digno de consumo-. Aléjate de la gente mezquina, atrapada en almas pequeñas.
-Según el mayordomo de mi tía, la mayor de las virtudes es la belleza -dije-, aunque solía decir que la generosidad es una forma de belleza.
-La verdad es belleza; la belleza, verdad -proclamó al fin Alessandro-. Según Keats. Viviéndola así, la vida es muy fácil.
-¿Tú no la vives así?
-No soy una urna.

-¡El sueño es el padre de las mentiras! -repuso la joven, aún empeñada en no volverse.
-Pero la madre de la esperanza.
-Quizá. Pero el primogénito de la esperanza es la tragedia.

-Quizá sea preferible que no viva, pues me temo que ésta requeriría un mayor esfuerzo. De hecho, imagino que, para cortejar a una dama así, habría que entrar por la puerta principal, en lugar de esconderse bajo su balcón. -Al ver que el otro enmudecía de pronto y una pincelada de ocre recorría su noble rostro, Ambrogio prosiguió con mayor tranquilidad-: Una cosa es el deseo y otra el amor. Aunque están relacionados, son cuestiones bien distintas. Para disfrutar de lo primero basta con poco más que dulces palabras y un cambio de vestimenta; para lograr el último, sin embargo, el hombre debe renunciar a su costilla. A cambio, la mujer deshará el pecado de Eva y lo devolverá al paraíso.
-Pero ¿cómo sabe el hombre cuándo debe renunciar a su costilla? A muchos amigos míos no les queda ninguna, y os aseguro que no han estado en el paraíso ni una vez.
La preocupación visible en el rostro del joven hizo asentir con la cabeza a Ambrogio.
-Vos lo habéis dicho -reconoció-. Un hombre lo sabe; un muchacho, no.
Romeo rió a carcajadas.
-¡Os admiro! -exclamó, poniéndole una mano en el hombro-. ¡Tenéis valor!
-¿Qué tiene de extraordinario el valor? -replicó el artista con mayor audacia una vez aprobado su papel de mentor-. Sospecho que esa virtud ha matado a más hombres buenos que todos los vicios juntos.

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